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Autonomía y autodeterminación
El espíritu de la colmena
Héctor Díaz Polanco
Diversas propuestas de solución
para la problemática indígena se debaten actualmente en
América Latina. La autonomía regional es una de ellas.
Ya son numerosas las organizaciones indias que en el subcontinente asumen
la autonomía como demanda central. Sin embargo, entre nosotros
el tema se ha analizado relativamente poco; y, mientras tanto, el término
comienza a cargarse de connotaciones prodigiosas, para unos, y de signos
amenazantes para otros. El concepto de autonomía se está
convirtiendo en un verdadero cajón de sastre en el que se incluye
el conjunto más heterogéneo de ideas, perspectivas e ilusiones.
La diversidad de enfoques, y aún de conjeturas, no es negativa
per se. Lo que puede ser perjudicial para el futuro desarrollo de un
debate es la cantidad de mitos y extravagancias que se está adhiriendo
gradualmente al concepto: autarquía, separatismo, soberanía
plena, retorno a la vida "natural", etcétera.
Se requiere impulsar el examen público de un sistema que no es
fórmula mágica ni promesa de privilegios para unos en
perjuicio de otros. El régimen de autonomía, en efecto,
no es ni una panacea ni una de esas "ideas exóticas"
vilipendiadas con ese pretexto por las mentes conservadoras, pues existe
en nuestro país una larga tradición -aunque ignorada o
negada- de lucha autonómica. La autonomía es tan sólo
la solución que una sociedad puede adoptar en un momento de su
desarrollo concreto para resolver el conflicto étnico-nacional.
Ahora bien, ¿qué es la autonomía? Si de proponer
una definición comprehensiva se trata, puede indicarse que el
sistema de autonomía se refiere a un régimen especial
que configura un gobierno propio (autogobierno) para ciertas comunidades
integrantes, las cuales escogen así autoridades que son parte
de la colectividad, ejercen competencias legalmente atribuidas y tienen
facultades mínimas para legislar acerca de su vida interna y
para la administración de sus asuntos. La búsqueda de
una definición más específica incurre inevitablemente
en generalizaciones inadecuadas e inválidas para la enorme variedad
de situaciones que cubre el sistema autonómico.
En efecto, carece de sentido la fijación de unas características
singulares que necesariamente sean comunes a cualquier régimen
de autonomía, con absoluta independencia de las condiciones socioculturales,
económicas y políticas en que tal régimen tiene
lugar. Los rasgos específicos de la autonomía estarán
determinados, de una parte, por la naturaleza histórica de la
colectividad que la ejercerá, en tanto ésta será
el sujeto social que, con su acción, a fin de cuentas la convertirá
en realidad histórica y le dará vida cotidiana; y, de
otra, por el carácter sociopolítico del régimen
estatal-nacional en que cobrará existencia institucional y práctica,
por cuanto la profundidad de las conquistas, las facultades asignadas
y, en suma, el grado de autogobierno reconocido, en su despliegue concreto
dependerán en gran medida de la orientación política
y el sistema democrático vigentes.
En tal sentido, en correspondencia con el desarrollo y las condiciones
particulares de un grupo sociocultural, el reconocimiento de ciertas
facultades amplias (e. g., legislativas) puede ser considerado esencial
e irrenunciable a los fines de alcanzar un adecuado régimen autonómico.
En cambio, tales facultades pueden resultar secundarias o irrelevantes
para otra comunidad étnica que pone el énfasis en reivindicaciones
diferentes para configurar el cuadro de competencias mínimas
de un régimen de autonomía satisfactorio. Así las
cosas, no es posible definir a priori un conjunto de elementos o formas
de funcionamiento que constituya el contenido necesario del régimen
de autonomía en toda circunstancia, y a partir del cual se pueda
definir su carácter "auténtico" o "adecuado".
En último análisis, esta calidad sólo se podrá
establecer por la medida en que el sistema adoptado satisfaga las aspiraciones
históricas del grupo correspondiente y le facilite el pleno desarrollo
de su vida sociocultural.
Lo dicho permite entender que los regímenes de autonomía
puedan ser en la práctica sumamente variados; y que incluso se
observen en operación distintos grados de autonomía, según
los medios históricos en que tienen lugar. Asumir esta determinación
histórica evitará el enjuiciamiento de un régimen
determinado en función de otro, con el objeto de establecer cuál
de ellos es el auténtico y cuál el insuficiente, o más
aún, enjuiciar todos los regímenes de autonomía
a partir de un pretendido cartabón universal, de una especie
de tipo ideal de autonomía. En suma, cada sistema autonómico
debe ser evaluado en términos de aquellas condiciones históricas
de las que resulta y a las que, al mismo tiempo, quiere dar respuestas.
Pero
una cosa es admitir la determinación histórica del régimen
autonómico, y otra muy distinta es postular un relativismo absoluto
-tan de moda en la actualidad- que haría aceptable cualquier
sistema de relaciones bajo el vistoso atuendo de la autonomía.
"El relativismo de todo conocimiento;" observaba Adorno,"
sólo se puede afirmar desde fuera, mientras no se ha llegado
a conocer concluyentemente" (1975:44). No todo lo que brilla como
"autogestión" es autonomía. Por ello, sin perder
de vista la precaución indicada en el párrafo anterior
y atendiendo precisamente a las concretas manifestaciones históricas,
se debe hacer mención de algunas características generales
o fundamentos -no normativos ni integrantes de un "modelo"
-que al menos permiten delinear los contornos elementales del moderno
régimen de autonomía. Conviene examinar brevemente los
que constituyen quizás los cimientos más relevantes.

Muchacha hopi
Edward Sheriff
Curtis
Visiones de una raza que se desvanece
A mediados del siglo
pasado, la recién nacida fotografía se benefició
con un perfeccionamiento conocido con el nombre de placa húmeda.
La mejora esencial consistió en reducir el tiempo de exposición
de las fotografías, que en los procesos anteriores era de decenas
de segundos. Este avance permitió a los fotógrafos salir
de sus estudios y explorar temas que hasta entonces no habían
sido tocados a causa de las limitaciones técnicas del medio.
Primero fueron las calles, el paisaje urbano; después, la naturaleza,
los paisajes exóticos, los grupos étnicos lejanos, -su
apariencia y sus costumbres-, el movimiento y el flujo de la vida. El
fotógrafo inglés Francis Firth, que viajó al lejano
Egipto para fotografiar las ruinas y el Nilo, y Mattew Brady, que llevó
su cámara a la Guerra Civil estadunidense, son dos pioneros connotados
de este nuevo género de fotografía documental.
Al comenzar el siglo XX, el proceso fotográfico se perfeccionó
aún mas; apareció la placa seca, con la cual el tiempo
para exponer un negativo se redujo a tan sólo una fracción
de segundo. Por esta época Edward Sheriff Curtis, un retratista
comercial establecido en Seattle, Washington, decide dejar su estudio
para documentar en imágenes la forma de vida de una raza condenada
a desaparecer: los indígenas estadunidenses. El resultado de
esta empresa serían alrededor de 40,000 fotografías, testimonio
de la vida de más de 80 tribus, desde el norte de México
hasta Alaska.
La mayor parte de estas fotografías son retratos que Curtis realizaba
en el interior de las viviendas o tipis, imágenes de gran valor
estético además de su importancia testimonial.
La primera etapa del proyecto fue financiada por Teodoro Roosvelt, lo
cual es algo extraño, ya que este presidente no pasó a
la historia precisamente por su política de entendimiento de
las etnias norteamericanas.
Curtis dedicó 30 años de su vida a esta empresa; y el
resultado fue The North American Indians, veinte volúmenes ilustrados
de texto etnográfico y veinte portafolios de imágenes
fotográficas, finalmente completados hacia 1930. Florence Curtis
Graybill, hija del fotógrafo, publicó en 1976 una selección
de alrededor de 180 fotografías, como una pequeña muestra
de la gran obra de Sheriff Curtis (Florence Curtis Graybill y Victor
Buesen. Edward Sheriff Curtis. Visions of a Vanishing Race, American
Legacy Press, Nueva York, 1976).
Jorge
García Alonso
___________________
A
lo largo de este número presentamos algunas de las más
conocidas fotografías de Edward Sheriff Curtis, no sin marcar
una distancia con esa forma de mirar lo que para ese fotógrafo
resultaba "extraño", es decir los indios de Norteamérica,
a caballo entre los siglos XIX y XX.
Un registro nostálgico que implica una épica blanca, la
de los que se quedan aún por fuerza, tiñe sus fotografías.
La mirada de los fotógrafos documentales no atisbaba la subjetividad,
pretendía hacer posar, argumentaba, juzgaba. Y el instante prisionero,
reproducido cientos de veces, pedía ser sinónimo de "la
verdad". Este ojo conquistador de Curtis no disminuye sin embargo
el merito artístico y documental. Su distancia de los indios
(quizás mayor que la de su contemporáneo y también
protegido del magnate Morgan, Karl Lumholtz), prefigura la idea cinematográfica
que los cowboys tendrían del "enemigo apache".

Cazador
de patos kutenai
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